Al término del Mundial en el que me enamoré de Eden Hazard
comencé a escribir un texto que quizás nunca verá la luz. En él hacía apología
de los equipos jóvenes de años recientes en Europa, llámense Mónaco de Mbappe,
Ajax de Peter Bosz o Málaga de Isco y me lamentaba por su brevedad. También
hacía hincapié en la fortaleza de la camada de talento belga, a la que se le
lleva exigiendo un nivel de competición insano desde que Hazard contaba con
apenas 23 primaveras y que parece que por caer en cuartos de la pasada Eurocopa
ya estaban acabados. Y, sin embargo, se plantaron en Rusia ya sin esta presión
y pudieron jugar siendo adultos como desearon jugar cuando eran niños.
