sábado, 3 de marzo de 2018

The place to call home

Hay una escena a mitad del 2º CD de Final Fantasy IX en la que Yitán le cuenta una historia a Garnett porque no puede dormir. Este momento marca el punto de la historia, que antes podía haber pasado inadvertido, y eso que a estas alturas las más de veinte horas jugadas no te las quita nadie. En esa historia se revela que el juego, además de otros muchos temas secundarios y a veces pobremente tocados, trata la concepción del hogar como punto al que volver, algo así como “no es donde naces sino donde paces” que diría nuestro refranero. No es casualidad que los tres personajes con más carga dramática en el juego estén guiados por esta premisa. Garnett deja Alexandria no para fugarse sin más de la vida de palacio, algo que se ha visto mil veces, lo hace para descubrir lo que realmente está pasando en su castillo, consciente de que algún día será la reina, volverá. Vivi es un niño que ha crecido con su abuelo que era incluso de otra raza y jamás había puesto dudas en su parentesco, hasta que descubre a sus iguales, que resultan ser muñecos utilizados como armas de matar. Desde ahí intenta averiguar el origen de estos, y es justo en el punto donde  Yitán cuenta la historia que Vivi ha descubierto la verdad y encontrado un lugar con magos negros como él, con consciencia propia, pero en vez de quedarse con ellos decide seguir al lado de Yitán, porque ese grupo de gente es su nueva casa. Y la historia que cuenta Yitán es sobre él mismo, alguien que, como Vivi, desconoce de dónde procede y se sabe diferente de los demás, pero le da igual porque sabe que cada vez que pise Lindblum se sentirá en su hogar. Quizás sea un poco spoiler, pero el punto en común es que los tres crecen en lugares diferentes a los que el destino les tenía reservados, pero eso poco importa, pues tienen un lugar al que volver.


Por el camino me dejo a Freija, personaje con el que el juego es bastante cruel, pues su nación es arrasada y su amado no la consigue recordar, se queda sin nada. También Steiner y su comprensión de que no le debe lealtad absoluta a la corona sino a su pueblo, a las gentes de Alexandria.
Es curioso, pero hace unos 14 años que me pasé de principio a fin FF IX, y hasta hace poco no me había dado cuenta de su mayor virtud, que es más notoria en mi caso. En el tercer disco se te da acceso a un barco volador que te da libertad para ir a donde quieras y lo primero que siempre hacía de pequeño era revisitar los lugares donde ya había estado, esperando descubrir algo nuevo en ellos, y había cosas que descubrir, pero la mayoría de ellas seguían donde estaban. Lo curioso es que para mí ya era suficiente. El simple hecho de pisar suelo conocido y escuchar melodías familiares me hacían sentirme bien. Y no sé si es solo mi caso, pero la obra haya en mí mucha facilidad para que me encariñe de lugares geográficos virtuales, además de darte razones, por pequeñas que sean, para volver a ellos. Alexandria y su salto a la comba, Treno y su campeonato de cartas. Estos lugares, que suelen pertenecer al Continente de la Niebla (el primer continente del primer CD), te invitan, que no te obligan, a volver por unas razones u otras, y esto es lo que mejor hace mi juego favorito.


Pese a que gran parte de estos rasgos seguramente solo se los atribuya yo, no dejan de estar ahí. He crecido con esta historia, estos personajes y estos lugares, es un juego que he completado cerca de una decena de veces y al que tengo miedo a volver por el simple hecho de que mi criterio actual quizás me haga perderle cariño. Pero todo esto no importa, porque Final Fantasy IX siempre será mi lugar al que volver.

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