Hay una escena a mitad del 2º CD de Final Fantasy IX en la
que Yitán le cuenta una historia a Garnett porque no puede dormir. Este momento
marca el punto de la historia, que antes podía haber pasado inadvertido, y eso
que a estas alturas las más de veinte horas jugadas no te las quita nadie. En
esa historia se revela que el juego, además de otros muchos temas secundarios y
a veces pobremente tocados, trata la concepción del hogar como punto al que
volver, algo así como “no es donde naces sino donde paces” que diría nuestro
refranero. No es casualidad que los tres personajes con más carga dramática en
el juego estén guiados por esta premisa. Garnett deja Alexandria no para
fugarse sin más de la vida de palacio, algo que se ha visto mil veces, lo hace
para descubrir lo que realmente está pasando en su castillo, consciente de que
algún día será la reina, volverá. Vivi es un niño que ha crecido con su abuelo
que era incluso de otra raza y jamás había puesto dudas en su parentesco, hasta
que descubre a sus iguales, que resultan ser muñecos utilizados como armas de
matar. Desde ahí intenta averiguar el origen de estos, y es justo en el punto
donde Yitán cuenta la historia que Vivi
ha descubierto la verdad y encontrado un lugar con magos negros como él, con
consciencia propia, pero en vez de quedarse con ellos decide seguir al lado de
Yitán, porque ese grupo de gente es su nueva casa. Y la historia que cuenta
Yitán es sobre él mismo, alguien que, como Vivi, desconoce de dónde procede y
se sabe diferente de los demás, pero le da igual porque sabe que cada vez que
pise Lindblum se sentirá en su hogar. Quizás sea un poco spoiler, pero el punto
en común es que los tres crecen en lugares diferentes a los que el destino les
tenía reservados, pero eso poco importa, pues tienen un lugar al que volver.
Por el camino me dejo a Freija, personaje con el que el
juego es bastante cruel, pues su nación es arrasada y su amado no la consigue
recordar, se queda sin nada. También Steiner y su comprensión de que no le debe
lealtad absoluta a la corona sino a su pueblo, a las gentes de Alexandria.
Es curioso, pero hace unos 14 años que me pasé de principio
a fin FF IX, y hasta hace poco no me había dado cuenta de su mayor virtud, que
es más notoria en mi caso. En el tercer disco se te da acceso a un barco
volador que te da libertad para ir a donde quieras y lo primero que siempre
hacía de pequeño era revisitar los lugares donde ya había estado, esperando
descubrir algo nuevo en ellos, y había cosas que descubrir, pero la mayoría de
ellas seguían donde estaban. Lo curioso es que para mí ya era suficiente. El
simple hecho de pisar suelo conocido y escuchar melodías familiares me hacían
sentirme bien. Y no sé si es solo mi caso, pero la obra haya en mí mucha
facilidad para que me encariñe de lugares geográficos virtuales, además de
darte razones, por pequeñas que sean, para volver a ellos. Alexandria y su
salto a la comba, Treno y su campeonato de cartas. Estos lugares, que suelen
pertenecer al Continente de la Niebla (el primer continente del primer CD), te
invitan, que no te obligan, a volver por unas razones u otras, y esto es lo que
mejor hace mi juego favorito.
Pese a que gran parte de estos rasgos seguramente solo se
los atribuya yo, no dejan de estar ahí. He crecido con esta historia, estos
personajes y estos lugares, es un juego que he completado cerca de una decena
de veces y al que tengo miedo a volver por el simple hecho de que mi criterio
actual quizás me haga perderle cariño. Pero todo esto no importa, porque Final
Fantasy IX siempre será mi lugar al que volver.
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